El legado de los Juegos Centroamericanos y del Caribe 2026: qué es, por qué importa y qué preguntas deberíamos hacernos.
Por: Ariel Guerrero
Los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe llegan al país. Todas las semanas vemos noticias sobre avances en la construcción de nueva infraestructura deportiva y la remodelación de la que ya existía. Para justificar los millones y millones de pesos invertidos, nos dicen que este gran evento generará un “impacto” y un “legado” positivo: miles de empleos, más turismo, proyección internacional…Como todo lo que prometen los políticos cuando hay una gran inversión de por medio. Y no es casualidad, como advierte el investigador Richard Cashman, cuando los comités organizadores hablan de «legado», asumen que es plenamente positivo y que sus beneficios llegan a la comunidad de forma automática. La realidad es que ni lo uno ni lo otro.
Pero, realmente ¿qué es el legado? ¿Cómo puede un evento deportivo así traer beneficios reales para el país? El legado en eventos deportivos era un concepto difuso, incluso para los académicos del sector, pero que se ha aclarado durante los últimos años. Si logramos entenderlo, veremos que toda la inversión realizada sí puede llegar a valer la pena.
El legado no es un eslogan, es un concepto que académicos y organismos internacionales llevan estudiando desde los años noventa. En 2003, el término se incorporó a la Carta Olímpica, estableciendo como parte de su misión y función “Promover que los Juegos Olímpicos dejen un legado positivo en las ciudades, regiones y países de la sede” (norma 2.15). Hoy, la Carta va más allá, exigiendo demostrar que cada infraestructura construida tendrá sentido después del evento (norma 34).
La definición de Holger Preuss, referente académico en la materia, se considera la más acertada: el legado, independientemente del momento de producción y el espacio, es el conjunto de estructuras planificadas y no planificadas, positivas y negativas, tangibles e intangibles, creadas para y por un evento deportivo que permanecen más allá del mismo. Es decir, no solo las instalaciones o villas nuevas, sino también la imagen de país, las emociones y los empleos generados… y también las deudas y las instalaciones abandonadas.


Para entender y evaluar el legado de un evento deportivo, Preuss propone cinco dimensiones y dos aspectos adicionales que nos permiten hacer las preguntas correctas sobre si todo este “trote” vale la pena o no:
- ¿El legado es tangible o intangible? Lo tangible es fácil de ver: un estadio, una carretera, una villa deportiva. Lo intangible es más sutil pero igual de importante. Un evento deportivo puede cambiar la imagen que el mundo tiene de un país; en la Copa Mundial de Alemania 2006, la percepción pasó de un país serio y conformista a uno abierto y hospitalario. También tiene un matiz emocional: estos eventos avivan el sentimiento de identificación con el país y sirven de escaparate político internacional.
- ¿Es positivo o negativo? Un mismo legado puede ser ambas cosas a la vez. Más turismo e infraestructura es positivo para la economía, pero puede ser negativo para el medioambiente. La clave: depende de a quién afecte y cómo.
- ¿Fue planificado o no? Mejorar la infraestructura deportiva es planificado. Un problema de seguridad durante el evento que arruine la imagen del país, no.
- ¿Cuánto dura? Algunos legados son permanentes, como las infraestructuras. Otros duran poco si no se planifican bien, como los programas de activación deportiva.
- ¿A qué zonas beneficia? El centro de la ciudad y las áreas más visibles suelen ganar. Los barrios más alejados, la mayoría de las veces, quedan fuera de esos beneficios.
- ¿En qué estamos dejando de invertir? Es el coste de oportunidad. Por ejemplo, los Juegos Centroamericanos pueden atraer más turistas y posicionar al país aún más, pero ¿y si en vez de invertir en eso se invierte en programas contra la delincuencia, que hacen al país más seguro y también más atractivo para turistas? Por otro lado, si el país ya venía creciendo en turismo un 7 % anual y con los Juegos crece un 10 %, el legado real es ese 3 % adicional. ¿Vale la pena?
- ¿Esos beneficios se activan? Si por las fechas del evento un hotel ya estaba al 100 % de ocupación, los turistas adicionales que traigan los Juegos no generan un ingreso extra, sino que desplazan a los que ya estaban.
Esas son las preguntas que hay que hacerse, unas más importantes que otras dependiendo del caso. Y cuando se responden con honestidad, queda claro si la inversión va por buen camino o no.
El legado positivo no aparece solo. Hay que planificarlo, medirlo y gestionarlo antes, durante y después del evento. El propio COI recomienda integrarlo en todo el ciclo de vida de los Juegos e incorporarlo en los planes de desarrollo a largo plazo de la ciudad, involucrando a todas las partes. Y no basta con medir solo el impacto económico inmediato: el legado es una visión a largo plazo. Cuando se planifica bien, los resultados hablan por sí solos como en Barcelona 1992, catalogados como los mejores JJ.OO. de la historia. Cuando no se planifica, llegan los elefantes blancos (instalaciones costosas que quedan abandonadas y se convierten en una carga para los contribuyentes) como Atenas 2004, Río 2016…
Y los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ¿van por buen camino? Sí. Se está dejando un legado tangible con el Malecón Deportivo y la remodelación del Centro Olímpico y el Estadio Félix Sánchez, infraestructura que el país necesitaba. ¿Y en lo intangible? Estos Juegos posicionan a República Dominicana como destino de turismo deportivo, una tendencia creciente que busca desestacionalizar el turismo y aumentar el gasto medio de los visitantes.
¿Es positivo? Hasta ahora, sí. Se renueva infraestructura que hacía falta, se fomenta la actividad física y el deporte, lo que a largo plazo previene enfermedades y ahorra costes en salud pública. ¿Fue planificado? En buena medida, sí: no se construyó desde cero sin criterio, sino que se aprovechó el evento para remodelar lo que ya existía. ¿El coste de oportunidad? Si bien es cierto que se podría invertir en otras problemáticas del país, invertir en deporte representa múltiples beneficios a largo plazo: salud, movilización social y motor económico. Las demás dimensiones y aspectos se pueden seguir respondiendo; las dejo abiertas al debate.
Pero que vaya por buen camino no significa que el trabajo esté hecho. El legado no se construye con inauguraciones, se construye con lo que pasa cinco, diez, veinte años después. ¿Habrá un plan claro de gestión y mantenimiento para cada instalación una vez terminen los Juegos? ¿Se medirá el impacto real, no solo el económico, sino el social y el medioambiental? ¿Se evitará que estas inversiones se conviertan en los elefantes blancos que hemos visto en otros países? ¿Se crearán planes de activación física y estrategias de turismo deportivo para aprovechar todo esto?
El legado es un maratón: no se gana en la salida, se gana en los últimos kilómetros. Hay más ejemplos de fracasos que de éxitos. Pero cuando se planifica con criterio, se mide con honestidad y se gestiona pensando en los ciudadanos, los beneficios pueden transformar un país. La pregunta no es si los Juegos valen la pena. La pregunta es: ¿qué haremos con todo esto después?

