Por: Ricardo Torres
Mira que es lo que pasa con este país. Todos somos expertos en el tema: la basura, los motores, la corrupción, el caos del tránsito. Somos campeones mundiales de la queja. Pero hay una pregunta incómoda que nadie quiere responder:
¿Qué haces tú cuando nadie te está mirando?
Porque Rousseau —ese señor francés del siglo XVIII que básicamente predijo todo esto— tenía una idea que se llama el Contrato Social. La premisa es simple: la sociedad funciona porque todos acordamos, implícitamente, ceder un poco de nuestra libertad individual a cambio de que el sistema funcione para todos. Tú no matas a tu vecino, él no te mata a ti. Tú respetas el semáforo, el otro también. Eso es el contrato.
El problema es que nosotros firmamos ese contrato con los dedos cruzados.
Cuando se te «sopla» la basura de la mano y decides no buscarla, rompiste el contrato. Cuando te pasas el rojo porque no había nadie, rompiste el contrato. No rompiste una ley abstracta del Estado, le fallaste a los demás ciudadanos que sí lo respetan. Rousseau lo llamaría imponer tu voluntad particular —lo que te conviene a ti en ese momento— por encima de la voluntad general, que es lo que hace que todos podamos vivir juntos sin que esto se convierta en el “i live where you vacation” versión apocalíptico.
Y ahí está el cinismo perfecto: los mismos que rompen el contrato todos los días son los primeros en exigir líderes que no lo rompan.
Ahora, el tema de los motoristas merece su propio párrafo porque es donde la cosa se pone seria. Hay que decirlo claro: las cosas están fuera de control y necesitan consecuencias reales. El proceso de sacar una licencia en este país es una broma o simplemente no tener y andar evitando a la autoridad —tanto para el que anda en motor como para el que maneja un carro de cuatro gomas, porque la igualdad aquí tiene que ser total. Si vas a exigir disciplina, exígela pareja.
Ahora, y aquí Rousseau vuelve a aparecer— la represión sin educación no forma ciudadanos, forma gente que tiene miedo mientras nadie la ve. Y ya vimos adónde lleva eso. Lo que necesitamos no es solo un régimen de consecuencias: necesitamos reconstruir el contrato desde adentro. Que la gente entienda por qué las reglas existen, no solo que hay una multa esperando.
Lo del motorista que apuñala a alguien en un choque ya es otra cosa. Eso no es falta de educación vial —eso es una ruptura total del contrato social. Y sí, ya tenemos ese precedente. Es un síntoma de algo más profundo: cuando una persona siente que el sistema nunca la ha protegido, tampoco siente que le debe algo al sistema. Rousseau diría que el contrato ya estaba roto antes de ese accidente.
El cambio que todos piden empieza donde nadie quiere mirarlo: en el espejo. Antes de exigir líderes que pongan al país primero, pregúntate si tú lo pones primero cuando nadie te está viendo. El contrato social no lo firma el gobierno. Lo firmamos nosotros, todos los días, en cada semáforo, en cada basura que decidimos recoger o no.
Rousseau tenía razón en una cosa: nadie nace corrupto. Se aprende. Y si se aprende, se puede desaprender. Pero eso requiere algo que en este país escasea más que el agua en agosto: consecuencias reales y educación de verdad. No carteles de «mantén tu ciudad limpia» que nadie lee. No campañas políticas con jingles. Educación — la que te hace entender por qué las reglas existen, no solo que existe una multa esperando. Esa conversación la tenemos después.

