Alofoke, La Casa y una generación educada por el espectáculo

La discusión sobre Alofoke se ha convertido en una distracción conveniente: muchos prefieren culpar al programa antes que admitir la verdad. Alofoke no dañó los valores de la República Dominicana; simplemente los exhibió. Es la consecuencia visible de un deterioro moral que lleva décadas, un deterioro que empieza mucho antes de los micrófonos, las luces y el algoritmo.

Acusar a Alofoke es cómodo. Nos permite evitar la pregunta más incómoda: ¿Qué clase de sociedad hemos construido para que ese sea nuestro contenido más consumido?. La culpa no está en un estudio de grabación; está en los hogares donde no se forma, en las escuelas donde no se educa, en las instituciones que no inspiran y en los líderes que normalizan el espectáculo como forma de gobierno.

La responsabilidad es colectiva. Y hasta que no lo aceptemos, seguiremos buscando culpables en los lugares equivocados. Alofoke no es el problema: es el síntoma final de un país que lleva mucho tiempo renunciando a la ética, al pensamiento crítico y a la construcción de ciudadanía.

Pierre Bourdieu, explicaría el fenómeno desde el concepto de capital simbólico. En sociedades funcionales, el capital simbólico se construye con educación, talento, mérito o servicio. En la República Dominicana mediática, ese capital lo obtiene quien grita más duro, quien genera más conflicto y quien logra más views. El campo cultural está invertido: lo que antes era prestigio, hoy es irrelevante; lo que antes era vergonzoso, hoy se vuelve aspiración.

Émile Durkheim hablaría de un fenómeno aún más grave: anomia. Una sociedad anómica es aquella donde las normas dejan de guiar la conducta y el individuo queda a la deriva. Eso es lo que vemos en la juventud dominicana: ausencia de reglas internas, ausencia de referentes, ausencia de límites. Y en un país donde la conversación pública está secuestrada por shows disfrazados de cultura, ¿Qué margen queda para aspirar a algo más? ¿Cómo exigir criterio si lo que domina es el circo? ¿Cómo pedir disciplina si lo que se premia es el escándalo? ¿Cómo formar carácter si el contenido más consumido es un festival de impulsos sin cerebro?.

El daño es profundo. Alofoke no solo entretiene: instruye. Educa sin intención de educar, influye sin responsabilidad y crea sentido sin conciencia del impacto. La juventud dominicana está aprendiendo que la agresividad es un camino al reconocimiento, que el conflicto es una estrategia de ascenso, que el respeto es opcional y que la inteligencia emocional no sirve de mucho si no genera “views”. Es una pedagogía oscura, pero tremendamente efectiva.

Y aquí es donde debemos ser agresivamente claros: Alofoke está moldeando a una generación más que muchas escuelas, más que muchos hogares y más que el propio Estado. Y lo está haciendo con un currículum tóxico que normaliza la vulgaridad, legitima la violencia emocional y glorifica la igualmente performativa ignorancia. El programa no solo refleja una crisis; la consolida.

La sociedad dominicana debe preguntarse con urgencia por qué la juventud encuentra referentes ahí y no en otro lugar. La respuesta es incómoda: porque se los dejamos en bandeja. El país abandonó a sus jóvenes a la improvisación, a un sistema educativo débil, a un mercado laboral desmotivador y a instituciones que ya no inspiran confianza. Alofoke ocupó un espacio vacío. Eso es responsabilidad del país, no del programa.

Lo que vemos en La Casa de Alofoke 2 es la versión televisada de nuestra anomia colectiva. Si no despertamos ahora, seguiremos criando generaciones cuyo norte no será el mérito, ni la excelencia, ni la integridad, sino el espectáculo permanente.

Alofoke no es el problema. Alofoke es el diagnóstico. El problema es que, como sociedad, todavía no hemos decidido curarnos.

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